Un cerrojo me salvó de un disgusto enorme. Siempre lo cuento y muchos no se lo creen. Os cuanto una historia que espero que os sirva para tomar ejemplo. Llevo más de quince años trabajando como autónomo, sí, soy todo un valiente, y gestionando mi pequeña empresa en un polígono industrial en las afueras.
Como muchos, empecé con un local pequeño, un par de máquinas y mucho esfuerzo. No os podeís hacer una idea de lo que cuesta en España ser autónomo. Con el tiempo he ido creciendo, ampliando instalaciones y contratando personal.
Y aunque siempre he intentado mantener todo en orden, nunca fui especialmente obsesivo con la seguridad… hasta que un buen día aprendí la lección de la mejor forma posible, es decir, viendo cómo otros la pasaban muy mal mientras yo me libraba por poco.
Hace unos meses, una serie de robos sacudieron el polígono. Desgraciadamente somos muchos los empresarios que denunciamos lo que está pasando. Entraron en varias empresas cercanas, algunas incluso más grandes que la mía, otras más pequeñas. Lo más sorprendente es que los ladrones parecían actuar con mucha rapidez y bastante conocimiento de los puntos débiles de cada nave. Se las sabían todas y eso te da mucha rabia.
Y como suele ser habitual, forzaban puertas, rompían cerraduras básicas y se llevaban herramientas, maquinaria portátil, ordenadores, incluso material específico que sólo alguien del sector sabría valorar.
Recuerdo perfectamente la mañana en la que me llamó un compañero del polígono para decirme que habían entrado en su nave. Entré en pánico.
Salí corriendo hacia la mía, y por el camino ya me iba imaginando que iba a encontrar todo revuelto, de ver mis herramientas desaparecidas, de enfrentarme a buen golpe económico, vamos que llegué a pensar que tendría que cerrar.
Sin embargo, cuando llegué, todo estaba intacto.
La puerta principal estaba tal cual la había dejado el día anterior. No había marcas de palanca, ni golpes. Reconozco que lo primero que pensé fue: “He tenido suerte”. La suerte, sin embargo, tenía nombre y apellidos: mis cerrojos.
Había cambiado las cerraduras unos meses antes y eso me salvó la vida. Un amigo cerrajero me recomendó invertir en cerrojos de máxima seguridad, especialmente porque las puertas de las naves industriales suelen ser uno de los puntos más vulnerables.
Me habló de la marca CAYS —Cerrojos Andaluces Y Seguridad— y de su historia. Me contó que habían sido de los primeros productos desarrollados para responder a una necesidad evidente: la falta de soluciones sólidas y específicas para puertas residenciales e industriales en una época en la que el mercado no ofrecía demasiadas opciones fiables.
No es un gasto
A mí, para ser sincero, al principio me pareció un gasto más. ¿Cuántas veces pensamos eso? “Es mucho dinero para una cerradura”, “ya veré más adelante”, “esto no me va a pasar a mí”. Pero aun así, decidí hacerlo. Llamé, pedí presupuesto y me instalé los cerrojos de Cays Cerrojos. No les di más vueltas.
Hasta ese día. Mientras yo miraba mi nave intacta, mis vecinos estaban revisando daños, haciendo inventarios para ver qué les habían robado y llamando al seguro con la resignación de quien sabe que recuperar la actividad llevará días, si no semanas. Algunos lo perdieron todo: herramientas especializadas, maquinaria cara, incluso documentación sensible. Una pena.
Desde entonces, cuando alguien en el polígono saca el tema de la seguridad, soy el primero en decirlo sin rodeos: invertir en cerrojos de calidad no es un gasto, es una inversión. Y lo digo con total sinceridad. A veces nos gastamos miles de euros en maquinaria, en reformas, en mobiliario nuevo… pero descuidamos lo más básico, que es protegerlo todo.
Lo que más me sorprende es que, después de lo que pasó, algunos siguen pensándolo dos veces. Pero cuando uno trabaja como autónomo, sabe perfectamente lo ajustados que pueden ser los márgenes y lo delicado que es que algo se rompa o desaparezca. No es sólo lo que vale la herramienta o la máquina: es el tiempo que pierdes, el proyecto que no puedes entregar, el cliente que no quiere esperar.
En mi caso, gracias a los cerrojos CAYS, no tuve que enfrentarme a nada de eso. Su resistencia, su diseño pensado específicamente para puertas industriales y su fiabilidad demostrada han sido, literalmente, la barrera que separó mi negocio del desastre.
Por eso escribo este artículo, porque si puedo evitar que otro autónomo pase por lo que vi esos días en el polígono, ya habrá valido la pena. Yo no vendo cerrojos ni tengo relación con la marca más allá de ser un cliente satisfecho. Pero sé que cuando algo funciona —de verdad—, hay que decirlo.
